miércoles, 23 de septiembre de 2015

Conductas ante el abuso infantil






El muestreo estadístico parcial de la Asesoría de Menores Incapaces Nro 2, realizado con datos del sistema de cámara Gesell, y sin incluir las cifras de la Asesoría Nro 1 ni los de la Segunda Circunscripción Judicial, de Jáchal e Iglesia, demuestra que en San Juan cada cuatro días hubo un chico abusado. Esas cifras son parte de una dolorosa verdad que antes se ocultaba y que hoy, progresivamente, va saliendo a la luz.

Si bien se va modificando la tendencia a callar en vez de denunciar, todavía se estima con fundamento que en este tipo de delitos es más lo guardado por las víctimas que lo revelado a las autoridades policiales. También que es en el ámbito intrafamiliar en el que se produce el mayor número de agresiones y, frecuentemente, los victimarios son los padres, padrastros, abuelos o tíos de las víctimas.

Este delito aberrante no se produce sólo en una clase social, sino que se presenta tanto en familias marginales como en las de niveles económicos medios y altos. Inciden en las primeras el hacinamiento y la promiscuidad; en las segundas, suelen ser factores desencadenantes el alcohol y las drogas. Lo cierto es que, en el perverso drama que se desarrolla en un escenario doméstico, todos sus miembros quedan comprometidos por acción u omisión, tanto por quienes cometen el abuso y los que lo toleran y callan.

Un capítulo aparte reclama el tratamiento por seguir con los culpables, aún después de haber cumplido con su condena. Se suele citar el antecedente de la denominada ley Megan, dictada en EEUU en 1996, que autorizaba la publicación en un sitio web de los datos personales de quienes hubieran sido penalizados por esa causa. La cuestión es compleja; lo indiscutible es la necesidad de proteger al menor.

El abuso sexual infantil es una abominable conducta que deja secuelas que los marcan para toda la vida. Las víctimas pueden presentar alteraciones en las áreas afectivas e intelectuales: conductas agresivas, miedo, timidez, problemas de aprendizaje, fobias, pesadillas, depresión, baja autoestima y rechazo escolar, entre otras.

El abuso sexual infantil conmueve y a veces paraliza. No debería ser así: la conmoción, en lugar de paralizar, debe actuar como un mandato que no debe dejar al margen a nadie. La indiferencia jamás debe llegar a ser una opción.

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